Lo futil de las aspiraciones se encuentra en su mutabilidad.
Aspirar no es más que desear en el ahora, y no existe tal futuro donde se concilie el querer presente con la realidad posible.
Desear se enraiza en la naturaleza insatisfecha del género humano, del cual ebullen siempre individuos o grupos que se percatan de su finitud.
Satisfacer aquello que nos quema por dentro es poner fin a lo que nos da vida, y es por tanto nuestro destino el vivir sin jamás encontrar lo que nos haga felices.
La felicidad es en cuanto una meta y en tanto un fin que se encuentra, como la estrella Polar, en un firmamento inalcanzable, pero capaz de guiarnos por la órbita de nuestro pequeño mundo.
Aspirar es andar, y andar es vivir. El destino es soñar.