Eventualmente vamos a trasladarnos a un tiempo que quizá no nos guste, ni mucho menos. Más probablemente lo detestemos y anhelemos nuestros buenos tiempos, estos que ahora nos recorren. Eventualmente llegará también el día en que nuestra vista torne su atención hacia nuestro hacer pretérito y nos resulte halagador el ego, diciéndonos: "Es usted muy superior a lo que antaño fue. Sin duda ya no es tan inocente e ingenuo como entoces" y la mentira nos va a conformar. La voluntad parece más simil a una máquina ciega que a una esencia viva. Pero si la esencia humana se define por normalidad, normalmente asemejamos autómatas. Eventualmente nos llega la muerte. La vida hace de la muerte lo que la muerte hace de la vida: algo excepcional. La unicidad de ambas y su negación mutua las convierte en los principios primordiales y últimos de nuestro ser. En la dualidad dinámica en la que la existencia se desenvuelve los avatares de nuestro hacer y querer se definen en las últimas lineas por ambas, principio y fin, danza ritual divina entre los fuegos del azar y el caos.

Eventualmente, todo evento se reduce a una sola cosa: el acaecer de la vida, con sentido a la muerte.